
Ajolotes, patos, estadios sin nombre y el campeonato en el que México no calificó
Hace apenas unas semanas se apagaron las luces del Mundial. Durante un mes largo, este país vivió una fiesta que muchos creímos inalcanzable cuando se anunció, y en medio de ella ocurrió algo que a nosotros debería llamarnos la atención más que los goles: la propiedad intelectual estuvo, como pocas veces en su historia, en la conversación pública. Se habló de ambush marketing en la sobremesa. Se discutió por qué los estadios perdieron durante unas semanas los nombres comerciales que ostentan el resto del año. Hubo comerciantes atemorizados por multas, marcas que convirtieron la prohibición en publicidad y hasta falsos inspectores que quisieron hacer negocio con el miedo ajeno. Para quienes nos dedicamos a estas tareas, fue un mes de exposición inédita.
La pregunta, la de siempre, es qué queda cuando la coyuntura pasa. Cuánto de esa visibilidad se convierte en cultura y cuánto se evapora con el confeti. Porque el riesgo de nuestra materia nunca ha sido la falta de temas espectaculares, sino la facilidad con la que este país los celebra y luego los olvida.
Sin equipo en el certamen y sin más partidos por disputar en nuestro territorio, a los mexicanos nos tocó seguir la parte final del Mundial desde la comodidad de la resignación. Al esperanzado «¿y si sí?» siguió el consabido «jugamos como nunca y perdimos como siempre». Crónicas de periodistas deportivos que analizan los problemas estructurales del futbol mexicano para cambiar de escalón sobran en todos los medios; a este espacio corresponde revisar otro marcador. Porque, mientras se jugaba el campeonato, se disputaba en paralelo un torneo menos ruidoso, pero de consecuencias más duraderas: el de la propiedad intelectual. Ahí se enfrentaron tres fuerzas que vale la pena mirar con calma: el poder monopólico de la FIFA sobre todo lo comercializable, la creatividad popular que produjo activos valiosos de la nada, y un certamen simultáneo —el de la innovación patentada— en el que México, esta vez, ni siquiera calificó.
Conviene empezar por el frente jurídico. La reforma a la Ley Federal de Protección a la Propiedad Industrial alojó, a las prisas dentro de sus disposiciones, la sanción del llamado «ambush marketing», que permite frenar y castigar a las empresas que, sin ser patrocinadoras, se asocian al evento mediante prácticas publicitarias engañosas o de mercadotecnia parasitaria. Ese candado legal —al que bien podría llamarse «la infracción FIFA»— dotó a la Federación de una poderosa arma para contrarrestar conductas recurrentes: las activaciones de marcas en las inmediaciones de los estadios sede y de los «Fan Fest» operados en simultáneo a los partidos, y toda clase de mensajes alusivos al evento, producidos por no patrocinadores-, que cruzan la delgada línea que detona la tarjeta roja. A ello se sumaron herramientas nunca vistas para suspender de modo fulminante cualquier señal televisiva no autorizada subida a redes. Dentro de su arsenal defensivo, la FIFA cuenta con más de 300 marcas registradas en México, así como con la declaratoria como «marca famosa» de su propia nomenclatura y de la figura de su conocido trofeo, protección adicional que le otorga un margen amplísimo para frenar registros ilegales de terceros. Pocas veces un titular de derechos había desplegado en nuestro país un músculo semejante.
El primer episodio revelador de ese poder llegó por un flanco inesperado. El retiro del logotipo de «Ajogol» de las inmediaciones del estadio Banorte —rebautizado «Ciudad de México» para la Copa del Mundo— mostró lo poco que pueden hacer incluso las autoridades frente a la Federación. En el curioso caso del ajolote citadino las cosas se dieron al revés: la reclamación de la FIFA contra el Gobierno de la Ciudad de México no fue por infracción de alguna de sus marcas, sino por no emplear las mascotas oficiales y, en cambio, aprovechar el evento para promover una mascota ajena. Entre los acuerdos que la FIFA firma con las ciudades sede, el uso de logotipos, nombres y mascotas oficiales es obligatorio, de modo que la imposición de «Ajogol» se aproxima más a un oportunismo político que rompe el contrato con la Federación que a una disputa marcaria. Para el Gobierno de Clara Brugada la jugada era «de pizarrón»: posicionar al ajolote como símbolo de una ciudad que, sin haber sido invitado a la fiesta, empezaba a empatizar con los chilangos. Las primeras camisetas mundialistas con el consabido anfibio y las figuras en tercera dimensión que siguen orgullosas en sitios como el Zócalo capitalino son prueba de que el efecto deseado se alcanzó. Al final, la resistencia civil de los aficionados bien podría provocar una reacción encontrada: a mayor rechazo de la FIFA, más fervor amoroso por «Ajogol». Eso sí, cuidado con apropiarse del animal, que sin duda tiene que mantenerse como «propiedad» de todos.
El segundo episodio produjo un resultado paradójico, y francamente divertido. Como parte del afán de la FIFA por vender a patrocinadores todo espacio comercializable, durante el campeonato hasta las cosas más conocidas dejaron de llamarse como se llaman: nuestro otrora «Estadio Azteca», rebautizado «Banorte», quedó simplemente como «Estadio Ciudad de México». En el caso del «Levi’s Stadium» de Santa Clara, California, las lonas empleadas para ocultar el enorme logotipo de la empresa resultaron tan delgadas que adoptaron las formas de las letras y la etiqueta tradicional de la marca, permitiendo identificar sus contornos. El efecto fue tan llamativo que el intento de ocultamiento terminó por dar a la marca una nueva fisonomía, altamente celebrada en redes sociales: sin pagar un solo dólar de patrocinio, el episodio le regaló una visibilidad internacional extraordinaria. Un caso de «ambush marketing» autoinfligido, provocado por las propias pretensiones desbocadas de la Federación. Levi’s llevó después la situación al extremo de cubrir voluntariamente sus letreros en muchas de sus tiendas alrededor del mundo, como una burla atenuada que saca ventaja del efecto publicitario que desató la prohibición. Siguiendo con las parodias desatadas alrededor de los actos de censura, marcas como Gillette y Heinz se unieron al tono lúdico de los «anticomerciales», con una nota de divertida irreverencia que conquista el apoyo de amplios sectores de consumidores.
Junto a los estadios tapados, el certamen dejó otra cosecha de elementos de distintividad apropiables como derechos de propiedad intelectual: las frases que se acuñaron como novedades del campeonato. Desde el muy local «¿y si sí?» hasta la internacionalmente conocida «pausa de hidratación», expresiones con enorme potencial distintivo. De hecho, el antecedente directo del «¿y si sí?» lo ubica como cabeza de una campaña publicitaria del banco HSBC, de donde habría brincado para convertirse en estandarte nacional de la esperanza colectiva. Lo que resultó de su viralización fue la recepción masiva de solicitudes de registro de marca en el IMPI, para toda clase de productos y servicios. Y conviene puntualizarlo: la frase, por sí misma, no incurre en ninguna de las causas de rechazo que la ley prevé para marcas o frases comerciales.
El caso del «Pato Merlín», la otra gran celebridad del Mundial es distinto, y por eso resulta el más aleccionador. Aquí existe una propietaria física del ave, lo que condiciona cualquier intento de aprovechamiento por terceros. El ahora famoso «pato mundialista» se convirtió en celebridad al ser visto en calles de la Ciudad de México ataviado con la camiseta de la selección y sendos calcetines rojos; desde ahí, las benditas redes sociales se encargaron del resto. Pertenece a Karla Ivette Gómez López, quien vende agua y refrescos en la vía pública, y que no solo posee un simpático palmípedo, sino una historia de vida de las que inspiran a cualquiera con sensibilidad mínima. El caso demuestra, de paso, que las mascotas impuestas para ser «adoptadas» por el público —como el ignorado jaguar «Zayu»— no necesariamente logran su objetivo: de la nada, inesperadamente, un palmípedo real se apoderó de la atención y el cariño de la gente.
Era inevitable que semejante atención atrajera intentos inmediatos de apropiación por parte de terceros prestos a salir en la foto, mediante solicitudes de registro de marca con el ánimo de apoderarse de su imagen pública. ¿Cuánto pagaría hoy una transnacional por vincular sus productos al «Pato Merlín»? La respuesta a esa pregunta explica lo ocurrido. La primera solicitud, ingresada el 17 de junio ante el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial, corresponde a Rosa María Hernández, para amparar servicios relacionados con «entretenimiento». La solicitud de Karla Ivette Gómez ingresó el 22 de junio y, a la larga, será la que se convierta en registro; pero la existencia de aquella solicitud previa de un tercero obligará al IMPI a negarla primero, para entonces dejar paso libre al registro de la legítima propietaria. Esa es, sin duda, la primera lección del caso: las empresas mexicanas, incluso muchas medianas y grandes, descuidan sus derechos de propiedad intelectual hasta niveles en que se diluyen o se pierden, y cuando deciden actuar suelen encontrarse con antecedentes, de buena o mala fe, que impiden lograr el registro y los beneficios de ser propietario de un activo intelectual de alto valor. Sorprende, por otro lado, el bajo perfil con que el Instituto Nacional del Derecho de Autor se manifiesta en estos temas, dejando los reflectores al IMPI: para este caso resultaba más relevante la protección del personaje a través del sistema de reserva de derechos que administra el INDAUTOR que el propio registro marcario. Lo que siga para el «Pato Merlín» dependerá de la eficacia con que su propietaria gestione sus derechos hacia el futuro. La protección de la marca es un trascendental primer paso, pero prolongar el éxito exige trazar un adecuado plan de licenciamiento, rubro en el que, lamentablemente, muchas empresas mexicanas con valiosos derechos fallan de manera regular.
Hasta aquí el Mundial que se jugó fuera de la cancha en clave doméstica. Pero mientras el planeta seguía con el aliento contenido las últimas jornadas del campeonato, se disputaba, con mucho menos ruido, otro campeonato mundial: el de la innovación. Sus selecciones no visten camiseta, pero sus jugadas transforman la vida de millones. Aunque se trivialice de tanto decirse, no por ello deja de ser cierto: la innovación no solo es la precursora por excelencia del desarrollo empresarial, sino que su materialización en productos y servicios concretos salva vidas, mejora los niveles de bienestar, perfecciona la educación y facilita soluciones cotidianas en todos los niveles. Como forma de dar visibilidad e impulso a la innovación de las pymes e inventores independientes, desde hace una década la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual premia a quienes se destacan por la obtención de patentes valiosas con impacto práctico en el mercado. Los ganadores se eligen de un plantel de más de 1,300 participantes, y cada categoría —agricultura y alimentación, industrias creativas, medio ambiente, salud y TIC— distingue a una empresa emergente y a una pyme, de modo que las de fase inicial y las ya consolidadas compiten en igualdad de condiciones. Este año se sumó una disciplina más: la mejor innovación en materia deportiva, guiño oportuno en plena fiebre mundialista.
El medallero de esta edición dibuja un mapa sugerente. Entre las invenciones de mayor impacto está la de la empresa argentina INFIRA, que reactivó un gen que las plantas perdieron hace 80 millones de años, lo que permite a los cultivos rebrotar temporada tras temporada a partir de una sola siembra. Conviene dimensionarlo: la agricultura actual depende de cultivos anuales —trigo, soja, maíz y arroz— y cada año el 70 % de las tierras agrícolas del mundo pasa por ciclos repetidos de siembra y cosecha, con uso intensivo de maquinaria, agua e insumos. La desarrolladora de esta tecnología patentada avanza ya hacia sus primeros acuerdos de licencia con semilleras de todo el mundo. Corea sube al podio con DABIDA, empresa emergente que creó un bolígrafo inteligente capaz de captar los gestos asociados a las dudas, las correcciones y el camino que sigue el alumno al resolver un problema, con una inteligencia artificial que identifica dónde se equivocó y por qué, y que funciona sin conexión. Sus 23 patentes y la protección internacional de su propiedad intelectual sustentan acuerdos exclusivos de distribución en siete países y una alianza con Samsung firmada en 2026. En terreno cercano, Brasil aporta a Jade ND, pyme que desarrolló una herramienta para detectar el TDAH mediante un juego que interpreta cómo piensa el niño —su atención, memoria y toma de decisiones— y transforma esos datos en información clara para padres y docentes. China se lleva el mayor número de preseas, con un sistema de reciclaje de baterías de autos eléctricos, un diagnóstico cardiovascular basado en dinámica aeroespacial que reduce hasta en 75 % el tiempo y el costo promedio, y una tecnología que emplea las propias células pulmonares del paciente para regenerar desde dentro los alvéolos dañados.
El lector habrá advertido lo que este medallero no dice: entre Argentina, Brasil, Corea y China, México no aparece. Y ahí está, me parece, la verdadera lección del verano. En el Mundial de la mercadotecnia demostramos una creatividad envidiable: un ajolote convertido en símbolo de desobediencia civil; un pato que desplazó a la mascota oficial; una frase que pasó de comercial bancario a estandarte nacional. Somos, en materia de signos distintivos, un país de enorme talento y de escasa disciplina jurídica, que produce activos valiosísimos y los deja a merced del primero que llegue a la ventanilla del IMPI. Y en el campeonato de las patentes que cambian el mundo, esta vez ni siquiera calificamos. No se equivoca el Plan México al colocar el patentamiento comercializable como estrategia esencial para el país. ¿Y si si?…..
Mauricio Jalife Daher
mjalife@jcip.mx





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